La Palabra

«No se equivoquen, el arma más peligrosa para la humanidad es la palabra», le dijo J. Goebbels, ministro de cultura de Hitler, a una periodista que le entrevistaba.

Los malestares que nos afectan actualmente son de una gran complejidad, sin embargo, existe una causa común: ¿dónde está la palabra del sujeto en aquello que tiene que ver con su singularidad, su deseo, su goce, sus fantasmas? ¿Cuál es su parte de responsabilidad en lo que le sucede?

En la alienación a la palabra del Otro -al discurso del amo en su vertiente capitalista, tecnológica, política- la supervivencia del sujeto está en peligro. Si el lenguaje es un artificio para poner orden al exuberante desorden del mundo, ¿qué hacer cuando el mismo lenguaje aparece exuberante y voraz, sin ningún límite? Un lenguaje cuyo peligro está en proclamar una idea-cosa y la contraria, en una banalidad preñada de señuelos subjetivos que a menudo apuntan al odio y a la violencia. Un vivo ejemplo: Alice Weidel, política alemana, líder del partido AfD, mujer muy inteligente, de retórica radical contra los emigrantes, representa inexplicablemente la citada paradoja: vive normalmente en Suiza, con sus dos hijos y su pareja nacida en Sri Lanka, mientra es portavoz de un partido que hace del patriotismo y la oposición al matrimonio igualitario su bandera.

La expansión de la extrema derecha, cada vez más fuerte en su pulsión oral y digital, no existe sin la connvencia de buena parte de la sociedad, contenta en su papel de marioneta de la historia. No nos equivoquemos nosotros, la palabra como arma letal es hoy un hecho. La palabra que Trump lanza al mundo, repetida hasta la saciedad por los medios, marca el declive de una sociedad, de consecuencias desconocidas. Lo sabíamos en Europa, pero no quisimos saber. El sacrificio a los dioses obscuros, como decía Lacan en los años 60, podía volver.

¿Qué hacer? Es difícil decirlo, no obstante, hay algo que sí podemos, la desobediencia al poder de la palabra del Otro, de manera nueva, no como resistencia, sino como desapego a sus mandatos, una cuestión que el discurso psicoanalítico pone a prueba.

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