En medio del verde inmenso del parque de Steinhof, aparece como por encanto la cúpula de St. Leopoldo. El arquitecto Otto Wagner la construyó a principios del siglo XX para los pacientes del hospital psiquiátrico, cuyos pabellones funcionan hoy como centro de medicina social.
El hecho de estar al servicio de pacientes y cuidadores, esta pequeña joya constituye un ejemplo único de l’art Nouveau. Fue necesario que el arquitecto encontrará soluciones innovadoras respecto a los materiales, formas, espacios y salidas: había que prevenir episodios repentinos, problemas diversos. El resultado es una obra de filigrana sólida, ligera, de luminosidad casi tenue.
Ella hace una foto al maletín de Freud, “este modesto y tranquilizador maletín”, en palabras de Claudio Magris en su libro El Danubio. Está expuesto en una de las pequeñas salas provisionales justo al lado del museo Freud, patas arriba por obras de renovación. Al fondo, un video recoge los últimos años de Freud en Viena y su vida en el exilio de Londres. Anna
Freud narra las imágenes. ¿Cómo explicar la impresión ante el hombre que descansa en un jardín londinense, tumbado en una gandula de tela a rayas leyendo absorto en medio de familiares y amigos? Que se levanta y habla con algunos colegas, entre ellos y moviéndose voluminosa la princesa María Bonaparte. Sin embargo, son las flores, el perro y de nuevo las flores que cautivan todo su interés… ¿Qué busca, al lado de sus nietos (uno de ellos el futuro pintor Lucien Freud) mirando medio encorvado un riachuelo de agua, como si estuviera escrutando un caso clínico?
Algo del orden del escalofrío recorre su cuerpo al salir a la calle. Se imagina a Freud atravesándola camino del exilio, en medio de banderas nazis y oyendo como no muy lejos de allí, en la Heldenplatz, el Führer habla a la multitud desde el balcón. ¿Cuántas operaciones ha sufrido Freud a causa del cáncer de mandíbula?
A lo largo del Ring aparecen en formato amplio las figuras de los últimos supervivientes de los campos nazis.

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