La Cosa literaria (El amor y la escritura)
“Hay reprimido. Siempre. Es irreductible. Elaborar el inconsciente, como se hace en el análisis, no es nada más que producir su agujero. Freud mismo, recuerdo, nos lo indica”, subraya Lacan. Si en el principio fue el agujero, ¿qué hay alrededor de él? Arte, religión, ciencia. En el s. XIX, Freud descubre el inconsciente, una manera inédita de poder cernirlo.
El trabajo que presento está basado en el libro Ese amor de Yann Andrea, editorial Tusquets, 2000, una narración del autor sobre su relación con Marguerite Duras (1914-1996), cuya vida y obra marcaron grandemente la literatura del s. XX francés, y de más allá. Impetuosa, iracunda, narcisista, dulce, genial, y por encima de todo escritora, nada más, como ella dice. 40 novelas, 12 obras de teatro, guionista y directora de cine. El arrebatamiento de Lol V. Stein, Hiroshima, mon amour, El Vicecónsul, India song, Écrire, Moderato contabile. El amante (premio Goncourt, 1984) tuvo un éxito inaudito: tres millones de ejemplares vendidos y traducido a 40 idiomas. En él habla de la locura de su madre, la muerte de su hermano a manos del hermano mayor, el cuerpo del amante chino que no ha podido olvidar, “podía ver su cuerpo, no el mío”. Amor, locura, incesto, muerte, cuerpo. Sus obras suscitan no solo el interés del público sino también el de diversos campos, entre ellos el psicoanalítico.
Lacan respecto a los otros discursos y disciplinas de su época recoge aquellos signos que le permiten la elaboración del discurso analítico en su orientación hacia lo real. Paradójicamente, la literatura permite que sigamos sus avances. Digo paradójicamente porque creo que en algunos sectores psicoanalíticos no se le ha dado la importancia que tiene. Por ejemplo, desde su propio soneto en la revista Minotauro (el fuego de lo real), el amor cortés, Hamlet, de Shakespeare, El arrobamiento de Lol. V. Stein, de Duras, El despertar de la primavera de Wedekind, hasta Finnegans Wake de Joyce.
Hagamos hablar a la Cosa, dice Lacan en el Seminario VII. Ese amor, de Yann Andrea, el último amante, me da pie a la pregunta por el amor, el deseo y el goce como nudo inatrapable de la Cosa, lo real. ¿Qué nudo construyen ellos? ¿Qué hay del deseo en juego en la pareja?
La Cosa en Lacan, es equivalente a la expresión alemana das Ding. En los estudios metapsicológicos de Freud, encontramos la distinción entre representaciones de cosas y representaciones de palabras, die Sache y das Ding. Para Lacan, seminario 7, aunque opuestas en el registro simbólico van juntas, como indica “cosa” en alemán. Die Sache es la representación de una cosa en el orden simbólico, das Ding es la cosa en su muda realidad, la cosa en lo real, fuera del lenguaje. Das Ding es el objeto del deseo, el objeto perdido que hay que volver a encontrar: el Otro prehistórico, inolvidable, dicho de otra manera, el objeto prohibido del deseo incestuoso. Das Ding anticipa la transición lacaniana hacia la localización del objeto “a” en el registro de lo real, como veremos en el Seminario 15, El acto analítico, cuando Lacan elabora el estatuto lógico del objeto, el en-soi del objeto, un objeto que no tiene imagen ni significante, no es un objeto de la percepción.
Yann Lemée (Andrea). Tenía 28 años cuando encontró a M. Duras de 66 años. La había visto por primera vez en Caen, cinco años antes. Durante este tiempo le escribió casi cada día, sin obtener respuesta. Era estudiante de filosofía y de una timidez vaga, hablaba muy poco. “Soy diestro e izquierdista, cerebral y físico, y estoy entre ambas, en un espacio y tiempo no resuelto”, nos dice. Fue después de haber leído por casualidad el primer libro de la autora que dejó a los filósofos y se hizo durasiano.
Al cabo de cinco años dejó de escribirle, y entonces M.D. le invitó a su casa. Ya nunca más se separaron. Yann es homosexual según dice la autora en su libro La vida material: “esta historia me ha sucedido a los sesenta años… Es sin duda la cosa más inesperada de esta última parte de mi vida, la cosa más terrorífica, la cosa más importante… Todos los hombres son homosexuales, solo les falta saberlo”. Yann parecía saberlo, se ausentaba a menudo en busca de encuentros.
Una nominación, Yann Andrea solo podía decir el nombre de la autora por escrito, antes de verla ya existía para él. Se enamoró de un nombre, Duras. Ella le dará uno nuevo: “todo puede comenzar, ya que me ha dado un nombre y está escrito en un libro”. El bautizo tuvo lugar poco después de su encuentro, cuando se publicó El verano del 80 de Duras, dedicado a Y.A., nombre con el cual será conocido desde entonces. Andrea es el nombre de pila de la madre de él. Ella también había eliminado su apellido paterno Donnadieu para adoptar el de Duras, nombre de un pueblo del departamento de Lot-et-Garona.
La autora le otorga pues una filiación materna: ¿qué lugar ocupa este hecho en el intento de reescribir su propia historia en relación con el enigma del deseo del Otro materno? Es el objeto por excelencia según declara a menudo la autora y recoge Yann: “Ud. creía que su madre no la amaba… Ud. no soporta no ser la preferida… Solo Ud., la única, la que bastaría a la mujer a la cual usted ama más que a nadie en el mundo, su madre”. ¿Y para Yann?
Palabra y vacío. “No existiría nada si no existieran las palabras”. Para Y.A., la escritura de M. D. es un intento de atrapar el silencio de antes de las palabras. En uno de sus paseos en coche, muy entrada la noche y bordeando el mar, ella le dice: “Yann, ·mire, mire, esta cosa negra, tan negra, escuche el ruido que no cesa, este movimiento inmóvil, yo le llamo “the Thing”, la masa de agua y la tierra en medio. En su obra Escribir lo dice de otra manera: “El vacío es una desesperación sin nombre”.
Parejas transferenciales. Si la transferencia es amor que se dirige al saber, M.D. constituye un sujeto supuesto escribir, es decir, supuesto encontrar las letras que den nombre al vacío para así poder cernirlo. Ella no sabe qué es escribir. De este no saber, la autora extrae una teoría muy sólida de la creación literaria, que Y.A. hace suya. “No hace falta pensar, escribir no será nunca del orden del absoluto, nunca se llega a Dios… el límite de la propia palabra es uno de los imposibles que nos define. Y no obstante hace falta escribir, intentar esta humildad de todos los días, intentar encontrar la palabra”, más allá podemos añadir del corsé imaginario de la publicación, como decía Roland Barthes. “Sea sencillo, no intente hacer literatura, escribir cosas falsas… sea auténtico, tal como yo lo retraté en El hombre Atlántico”. En las palabras de Y.A. vemos el estilo de la autora, el valor que tenían para ella las palabras corrientes, como si en la repetición banal de la palabra “uno pudiera llegar a la pura sonoridad de un sentido extinguido”. Marca primera inscrita en los seres hablantes, inatrapable. Desde este ángulo, somos poemas y no poetas, como decía Lacan. A ello aspiraba Gil de Biedma, “yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema”.
“Escriba, le dice a Yann, escriba a partir de una historia concreta, una historia de amor, ¿por qué no?” Una historia de amor, la suya, que pasa por la creación, no sin destrucción: una explosión central, un momento de violencia que da paso al relato. Su objetivo es el mismo, el acto de crkkeación. El oficio de escribir y el oficio de amar se encarnan en un vínculo que se hace y deshace en cada momento, “un vínculo, nos dice Y.A. que ella desea a cualquier precio… y que de manera casi simultánea quiere destruir”. Lo mismo que hace con las palabras: busca la palabra, la encuentra, destruye la frase, busca otra cosa, una puntuación. Para él no hay diferencia entre los libros que escriben y la historia que viven, poniendo en acto lo que decía Lou Andréas Salomé, “nada de creación in absentia”. De manera extrema en este caso: el amor, el desamor, la violencia, el abandono forman parte de la gestación de las obras.
La palabra, salvación del olvido. En 1998, Y.A, vuelve por primera vez al cementerio de Montparnasse. Se enfada, quita las flores secas de la tumba, ¿no sabe la gente que no debe tapar el nombre? La historia continua, mientras él siga escribiendo su historia, mientras no la olvide. “Sí lo creo. La presencia se hace realidad cada vez que se pronuncie el nombre, cada vez que se lea”. Después de la muerte de M.D. en 1996, Yann estuvo dos años sin salir del estudio que ella le había dejado, hasta que llamó a su madre y con su ayuda pudo acabar el presente libro, que salió en 1999.
Retomo aquí la pregunta por el deseo en juego en cada uno de los parteners. Mi aproximación se detiene en lo siguiente: si el deseo de uno es el deseo del Otro, en este caso pasa por el vehículo de la escritura, un intento de atrapar el silencio de antes de las palabras, pero ¿qué silencio? Lo imposible de decir sobre la huella de su novela individual. Para M.D, un acercarse al borde de lo que fue para ella el desamor maternal, que marcó su vida y obra según repite la autora. Y Yann Andrea, ¿qué busca en su propia escritura? “Escribo… no para liberarme de Ud., no, al contrario, es para verme mejor a mí mismo, para verla mejor a Ud., para ver la distancia que nos separa, y, no obstante, estar juntos”. Ver la distancia entre dos subjetividades a partir de lo inatrapable de uno mismo y del otro.
¿Es la autora un anclaje a partir del cual buscar sus propios amores y carencias en el libro de su infancia? No se sabe bien, pues el silencio del autor no es del orden de la singularidad que sí transmite Marguerite Duras.
Acabo con unas palabras de C. Soler (Ce qui reste de l’enfance, curso 2012-2013), en forma de pregunta: “¿qué se perpetúa de los primeros efectos de lalangue materna y del discurso del Otro tanto a nivel del goce, pulsiones y síntoma como de las opciones de la subjetividad, teniendo en cuenta sus contingencias?

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