El psicoanálisis y el arte comparten un objetivo, transformar el goce.
El psicoanálisis, a través del inconsciente, descifra el goce para tratar el síntoma. El arte en cambio hace cifra, signo, imagen o escritura. Tanto en Freud como en Lacan, hay una búsqueda a través del arte de un saber sobre el goce.
Estamos en 1905. ¿De qué manera Víctor Català, una de las más importantes escritoras catalanas, nos introduce al despertar de un afecto angustiante en la protagonista de su novela Solitud?* ¿Cuál es el objeto en juego como catalizador de un goce extraño para ella en su incesante búsqueda para salir de su soledad femenina? Me pregunto si conocía la autora los textos de Freud sobre la neurosis de angustia. No lo sé, lo que es seguro es que no había leído a Lacan, y sin embargo, imposible no remitirnos al Seminario XI.
Enmarquemos la obra. ¿Cómo sería Barcelona y Catalunya sin las diversas manifestaciones del movimiento modernista (cf. la arquitectónica) que se desarrolló durante la última década del s. XIX y primera del XX? En lo literario, vemos al ser humano enfrentado a las fuerzas de la naturaleza y a la sociedad. Una naturaleza lejos ya de la ubicación en la que la había situado el romanticismo idílico de la novela rural catalana. Y una sociedad, que en la novela, se encarna principalmente en los hombres que rodean a la protagonista. He ahí el sesgo originalísimo que toma la autora dentro del Modernismo catalán.
A través de enigmáticos encuentros con el el Otro, amor, deseo y goce se confunden en esa mujer, en un vaivén de afectos angustiosos que avanzan al son de sus fantasías y sus deseos sexuales insatisfechos, entre los cuales se alza la mirada como objeto privilegiado.
¿Qué busca Mila en la mirada del Otro?
Detengámonos en ese Otro, tremendamente bien encarnado en la obra, ya que nos permite ahondar en distintos registros de lo escópico. Matías, el abúlico marido, el pastor Gaietà, el joven Arnau y l’Ànima (Alma). Según coinciden los críticos, estos caracteres representan los distintos estadíos del ser humano, desde la bestia al superhombre de Nietzche.
Mila y su marido llegan a la ermita para hacerse cargo de ella. Anochece ya, ella está cansada. La subida ha sido larga, y tan llena de altibajos y turbios presentimientos, que más de una vez pensó en volverse atrás. Además, se ha hecho un corte en la cabeza. El recibimiento del pastor la tranquiliza por momentos. Sin embargo, al ver el santo que preside la capilla, una impresión de asco y angustia la invade: cuerpo menudo, vientre hinchado, larga barba ceniza… Por debajo de las vestiduras, le salía un pie largo, colgando y puntiagudo, que parecía la bolsa de tabaco de su marido, cuando estaba vacía. Una figura andrógina, cuyos elementos masculinos y femeninos abren a distintas significaciones.
Aquella noche Mila tiene un sueño. Se va de la ermita para volver a su tierra. Pero cuantas más montañas cruza, más vienen en su encuentro… Ve ua pequeño resplandor y cree que es la luz del pastor…, no, es una luz doble, que en realidad son los ojos de Sant Ponç… Intenta huir, pero el Santo la detiene, tirándole a la cabeza bolitas rojas de arbusto, que ella sentía bajar hasta la boca, pensando, con terror, si tendría la cabeza horadada. No, las bolas le pasaban por el corte en la ceja, que era como una ventanilla, y le producían tan profundo dolor, que pidió al santo que dejase de tirar… Éste se pone a reir, con grandes risas, sacudiendo el vientre de mujer gorda, y diciéndole burlón: “Ermitana, ermitana!” Aquel nombre que a ella le daba tanta rabia. Y entonces se pone a llorar con desconsuelo, hasta que aparece el pastor….
¿Qué función tiene este sueño al inicio de la novela? “Un rêve c’est un réveil qui commence”, dice Freud citando a Globot. Lacan, Seminario XI: “en el campo del sueño, a las imágenes las caracteriza el hecho de que “eso muestra”, que nuestra posición en él es fundamentalmente la de quién no ve donde va a parar”. El sueño como el despertar a la angustia de un goce desconocido.
Quiero subrayar dos aspectos del sueño, que me permiten sustentar la hipótesis de que la autora había leído a Freud: 1) El material del sueño. “En el sueño, la fantasía se eleva, libre de todo dominio de la razón y norma, a un ilimitado imperio. Predilección por lo desmesurado, exagerado y monstruoso… Carece de lenguaje abstracto, imágenes de intensa y plena plasticidad… Las creaciones plásticas muestran algo de inspiración genial”. (La interpretación de los sueños, de 1900). 2) El cerco de las montañas, lo monstruoso de la figura del santo, la metáfora de violación, ¿no abren aquí la espera angustiosa, síntoma nuclear de la neurosis de angustia, nos dice Freud, “latente siempre para la consciencia, pero constantemente al acecho?”
Pasan los días y cierto bienestar se instala en la cara de Mila. Pero… los ojos del santo no la abandonan: la imagen antigua y mal cortada, tenía unos ojos endemoniados que eran la paüra de Mila. A medida que su marido se aleja de ella, la mirada del Santo parece fijar el marco en el que deambulará Mila en cuanto a su deseo de mujer y madre.
El amor como ideal totalizante lleva a Mila a confundir la mirada del pastor con su deseo. Este hombre encarna la sabiduría popular que encierra la montaña, y se convierte en su guía espiritual: unos ojos siempre llenos de fortaleza, de previsión, de serenidad, que la inundan de una amplia mirada cálida, devota, infinita. La mirada del pastor la faliciza. Una mirada sin falta, de una quietud de deseos. Ojos y mirada se confunden, en el pastor.
En un encuentro con el joven Arnau, Mila se fija de golpe en sus labios, rojos, carnosos. Ella sabía que aquel joven la amaba: Y sintió miedo, miedo de aquellos ojos penetrantes de la misma fuerza que el deseo… y cuando ella vacila ante aquellos ojos encima de ella…. algo se interpuso entre los dos: unos ojos aislados sin una mirada que los encuadrase, unos ojos mágicos. Al verlo marchar, con una angustia inexplicable, siente que acaba de matar algo en aquel inocente i en ella misma. A mercé de su goce, Mila va cayendo en la propia imaginarización de la realidad.
Hasta que el enigma quieto de los ojos del pastor, la llena de pensamientos y angustia que se traducen en contradictorios deseos y frenéticas sensaciones corporales. (Cita Sem. XI)
En uno de sus últimos paseos, la realidad se impone al saber su edad: 64 años, ella que creía que tenía 40. De repente, había cobrado la vista, ahora sí que lo veía tal como era, sin las telarañas ilusorias de antes. Y lo asocia con su marido: un joven con alma de viejo, sin mirada alguna hacia ella, un viejo con apariencias de joven, que a pesar de su mirada, no la ve. En los dos la eterna anomalía que la perseguía sin parar, envenenándole y destrozándole la vida… repetía Mila, mordiéndose los labios hasta sangrar.
Con la aparición furtiva de l’Ànima, la angustia va tomando cuerpo como objeto de goce. Un dia de “cargolada” en la ermita, “mirándole mirar”, Mila se asusta. Y al verlo comer caracoles –los chafaba con los dientes como quien rompe una almendra- le dan enormes ganas de vomitar. El día antes de l’aplec, lo entrevé en la cocina desollando conejos con tanta furia que: un rayo de horror atravesó su corazón, y con una excusa se escapó y respiró hondo… fue como si la hubieran retenido a la fuerza, como si huyese de un lugar privado donde se hacían cosas que no hay que ver. ¿Huye Mila de la escena originaria?
Será en un tercer momento que lo pulsional de la mirada aparece con la fuerza que solo lo literario es capaz de representar plásticamente, para mí uno de los mejor escritos a la hora de dibujar la pulsión escópica. ( Sem. XI)
Un día de primavera, después de comer, Mila, medio perezosa se duerme debajo de un árbol. “El sueño, burleta e impudoroso de si, le había medio abierto los delantes del vestido… de golpe como presa de un mal sueño, comenzó a dar señales de agitación, el busto se le estremeció… Mila abrió los ojos, miró y de un alterado salto quedó sentada en el suelo. Dos centellas relucían en medio de la maleza: dos pupilas llenas de concupiscencias, estaban clavadas en sus carnes igual que agujas candentes. L’Anima se puso a reir y poco a poco desapareció. Mila quedó ullpresa (fascinada?) De golpe, dobló el cuerpo y juntó los muslos, escondió la cara y se abrazó a las rodillas espasmódicamente… Una ola de ardor hecha de vergüenza, de felicidad, de miedo y de deseo, todo a la vez, la invadió, subiéndole de los pies a la cabeza y, enrollándole el alma sobre sí misma en un vertiginoso remolino, le hizo perder casi el conocimiento.
Aquí vemos claramente que no se trata para nada del órgano de la vista, sino algo que constituyen un tope en nuestra experiencia, y que tiene que ver con la angustia de castración. Les remito a los capítulos VI y VII del Seminario XI, es realmente extraordinario. Cito: “la mirada, en cuanto el sujeto intenta acomodarse a ella, se convierte en ese objeto puntiforme, ese punto de ser evanescente, con que el sujeto confunde su propio desfallecimiento”. La mirada es lo que se pierde en la visión, “este objeto perdido, re-encontrado en la conflagración de la vergüenza”.
La violación por parte de l’Ànima, puntualmente retardado a lo largo de la novela, desencadena el final y confronta Mila con lo real del goce. Un día en que limpiaba la ermita –en plena embriagadez de mujer- enfilada a lo alto del altar, se le apareció de golpe, mirándole fijamente des de las profundidades de debajo de las cejas.. Tenía la cabeza contrahecha, las encías rojizas, y se rascaba la cintura con las manos dentro de los pantalones, como si no supiese qué hacer. Tenía la voz ronca y a menudo emitía sonidos guturales.
En este momento, Mila escucha el canto del grillo y sin saber por qué oculta relación, evoca los caracoles, que le producen salivera. Es entonces que l’Ànima la acecha, igual que un monstruo. Los ojos, invisible,s le relucían como el día aquel que la despertaron debajo del árbol. Empieza a correr hasta que tropieza y cae detrás del altar, haciéndose un corte en la cabeza. Antes de perder el conocimiento siente sobre si la respiración rugiente de la fiera.
És una mirada que no engaña, la certeza del encuentro con el goce del Otro, con el suyo propio, en lo que podemos llamar un atravesamiento salvaje del fantasma.
Si la edad del pastor había significado para ella la caída del ideal amoroso, ahora es el encuentro con el horror, la certeza del no-todo que le permite ver claro, y comprender lo que no había comprendido hasta ahora. Ella siempre tan temerosa, había perdido repentinamente el miedo. Poco después, tomará una decisión: abandonar la ermita y el ermitaño, con el reconocimiento de una solitud nueva, bien distinta de la producida por una satisfacción narcisista y un deseo insatisfecho.
¿Podrá, Mila, sostener la mirada como causa de su deseo por un hombre?

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